La irresponsabilidad: arma de la derecha mediática.

MARINA HOYOS MARÍN

“(…) cuando mucha gente, sin haber sido manipulada, empieza a decir sinsentidos y entre ella hay gente inteligente, suele querer decir que en el asunto hay algo más que sinsentido.” Preocupada por el auge de los totalitarismos, Hannah Arendt acertó al afirmar que la manipulación suele ir acompañada de la irresponsabilidad. Y precisamente a esto nos enfrentamos en España, cada vez que encendemos la televisión para ver y escuchar un debate.

Sarcásticamente una pancarta de la manifestación del 15 de octubre de 2011 en Barcelona decía: “Por cada 5 conservadores en España, 4 son tertulianos de televisión.” Ya no estamos en aquella época de Aznar, o como dijo Vázquez Montalbán, de aznaridad, pero poco le diferencia de esa etapa oscura de “periodismo objetivo y neutral”. Incluso durante los años del gobierno de Zapatero la audiencia ha podido observar como los platós de televisión se han llenado de tertulianos ultraconservadores y ultracatólicos, que sostienen la idea que un debate es una sucesión de monólogos, de gritos y de insultos. No importa si el tema es un Madrid-Barcelona, un asesinato por venganza, una reforma fiscal, una ley de paridad, lo importante es salir victorioso antes que el moderador o moderadora, que no modera, de paso a publicidad justo cuando algún sindicalista o militante de izquierda quiere intervenir. Porque ya se sabe, así lo recuerda siempre el presentador o presentadora, “la televisión es así”. Tras la publicidad el espectador espera ansioso poder escuchar a la persona a la que se dejó con la palabra en la boca, pero la decepción llega rápidamente. Tres frenéticos tertulianos se apresuran a recriminarle, antes que pronuncie una sola palabra, que sus ideas son próximas al stalisnimo o, lo que es peor aún para la derecha española, al régimen cubano. El público aplaude. ¿Será posible que el regidor sea también un ultraconservador? Si el debate es un gran debate, entonces aún hay un as más en sus mangas: una encuesta avalada por una prestigiosa empresa. Una empresa que se anuncia en el mismo debate, a pesar que la publicidad ya finalizó. Y las encuestas de estas poderosas empresas lo dicen bien claro: la opinión pública también es de derechas. ¿Será eso posible? ¿Será posible que ese gran debate esté realmente controlado por el Gran Hermano, pero de Orwell?

El espectador de izquierdas comienza una dura autocrítica, puesto que él no quiere ser parado culpable de su situación, ni implantar un sistema comunista-totalitario, ni tampoco agredir a las cajeras de un supermercado. Así pues, cambia de canal con la esperanza de hallar alguna respuesta. Entonces encuentra un debate un poco más vivo, pero no muy rojo. Y ahí están de nuevo, a la derecha del presentador, curiosa herencia de la Revolución francesa… Cargados con dardos neoliberales, los tertulianos arremeten contra un ciudadano del 15-M al que tachan de ignorante, insensato, ingenuo. Si señor, ingenuo, puesto que ¿a quién se le ocurre pensar que un mundo más justo puede ser posible? Paradójicamente el unilateralismo que los mismos tertulianos rechazan, está más presente que nunca en sus ideas. Para éstos, sólo hay una verdad: la suya. Y para defenderla tienen sus cuerdas vocales y todo un equipo de posproducción encargado de realizar vídeos donde ridiculicen ya sea al SAT, ya sea al 15-M, ya sea a Plataforma de Afectados por la Hipoteca.

Tomando como ejemplo la respuesta de una reciente entrevista de Telecinco a Alberto Garzón, diputado de IU en Málaga, en la que expresaba que uno de los motivos por los que estudió economía fue para que no le engañaran los economistas, los espectadores deberíamos preguntarnos si no sería necesario estudiar periodismo para que no se nos engañe. Algo nos dice que sí. Tras la criminalización televisiva de las acciones del SAT, parece extremadamente difícil llegar al arché. ¿Será preciso que los espectadores olvidemos el phaenomenon de la inmediatez periodística, de ese “en directo” y “última hora”? ¿Será posible comprender el sentido del mito de la caverna tras los spots publicitarios, el montaje de posproducción y los aplausos de un público que no comprende que no están ante un debate democrático?

Pero lo que resulta más preocupante es que gran parte de estos tertulianos ultraconservadores no están ni manipulados, ni son unos ignorantes. Conocen las reglas del juego, puesto que estudiaron en las mejores universidades, en esas que no se han visto nunca afectadas por recortes. Es por ello que las palabras de Arendt son claves, en su aparente sinsentido en estos debates televisivos hay algo más que sinsentido: hay manipulación de unos espectadores que no nos sentimos responsables de la información televisiva. La irresponsabilidad sale cara, muy cara.

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